viernes, 30 de julio de 2010

Tu tristeza silenciosa

Tu sonrisa es el naufragio
de los hombres que no te tienen,
de los que nunca te poseyeron
aunque le hayas vendido tu oxigeno

Bailas infinitamente sobre caderas infieles
y desayunas matecocido cuando arribas a la hoguera
y entre turnos espaciados vuelas hacia la playa
pero quitas los pies de la arena cuando alguien toca a la puerta

Aunque te saques la ropa
ningún hombre consigue abrigarte
su sudor no te alimenta
y tu cuello comienza a doler

Dormir es tu mejor sueño y despertar tu peor pesadilla
ya no te quema trabajar cuando la rutina te acaricia el cabello;
tus diamantes ya no brillan como viejas primaveras
se opacaron entre orgasmos de clientes que detestas.

Facundo Joel

lunes, 12 de julio de 2010

HISTORIA DE LOS DOS QUE SOÑARON

HISTORIA DE LOS DOS QUE SOÑARON

Cuentan hombres dignos de fe que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan.
Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla". A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros del desierto, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres.
Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por decreto de Alá Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea.
El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?" El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí". El Capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?" El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste".
Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decrile: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete."
El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Alá le dio bendición y lo recompensó.


Jorge Luis Borges.

lunes, 21 de junio de 2010

Población Violeta Parra - El nombre robado


La dictadura del general Pinochet cambió los nombres de veinte poblaciones del pobrerío,casas de lata y cartón, en las afueras de Santiago de Chile.En el rebautizo, la población Violeta Parra recibió el nombre de algún militar heroico.Pero sus habitantes se niegan a llevar ese nombre no elegido.Ellos se llaman Violeta Parra, o nada.Hace tiempo, en unánime asamblea, habían decidido llamarse como aquella campesina cantora, de voz gastadita, que en sus peleonas canciones supo celebrar los misterios de Chile.Violeta era pecante y picante, amiga del guitarreo y del converse y del enamore, y por bailar y payasear se le quemaban las empanadas.Gracias a la vida, que me ha dado tanto,cantó en su última canción;y un revolcón de amor la arrojó a la muerte.



Eduardo Galeano

sábado, 5 de junio de 2010

Ellos y nosotros


Ellos no saben lo que desperdician, a nosotros nos falta sus sobrantes, pero además nos falta sus faltantes. No pueden valorar nada, están empachados de ambiciones, no les gusta reconocerse. Lo único que nos conecta es aquel recipiente con bolsa color negro. Ellos desde su universo de gala platinado, viviendo la vida como una película y nosotros desde el otro polo con los ropajes tristes y los sentimientos deshilachados; y en el centro de los extremos se encuentra la bolsa, paradigma de ambigüedades. A ellos los higieniza, a nosotros nos alimenta. A ellos los gratifica, a nosotros nos humilla. Es divertido pensar que sucedería si el tacho de basura estuviese al revés, el funcionamiento sería el mismo, pero no los polos. Nos gusta adivinar y estimar que vamos a encontrar en cada recipiente, pero cada tacho es un mundo de ilusiones y sorpresas, un nuevo universo en el que amanecerá al introducir la mano, un uso revolucionario del objeto desechado, algo que esta por renacer en nosotros. Quizás sea simplemente eso lo que nos diferencia, mientras ellos rutinariamente le quitan valor a algo y lo matan, nosotros lo tomamos con nuestra incertidumbre y le damos vida.

Facundo Joel

miércoles, 12 de mayo de 2010

Hay un día feliz


A recorrer me dediqué esta tarde
las solitarias calles de mi aldea
acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
y su difusa lámpara de niebla,
sólo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en el jardín; y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, este es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío!, nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!


Nicanor Parra




martes, 4 de mayo de 2010

Esto ocurrir en el ayeró

El mundoraba no se tolerar. El sueloía se caer y con el cieloaba combinar. La situacionaba estar en reverso. Para ese tiempoía todo parecer oscuro, los arboleaban llorar, los edificiosían caer y el aguaía se consumir.
Como por efecto domino las mentesaban humanas se paralizar de modo contagioso.
Tristera ser ver como el mundoía perecer. La tierraó se modificar tanto que perder los sortilegios caracterizantes, y se convertir en un pedazo de materia, una chatarra. La desnaturalizacionó se apoderar del alrededor.Por ese entonces la comunicaciónaba descomunicar y las personías no poder entenderse.
En un libroé encontrar tal historia, que suceder añosó atrás, cuando gris y opaca se encontrar la realidadaba. Tan desordenado estar todoaba por aquella época que en el lenguaje los sustantivosaba quedar intactos mientras los verbos se conjugaban.

Facundo Joel

miércoles, 21 de abril de 2010

SOL DE MONTERREY


No cabe duda: de niño,
a mí me seguía el sol.

Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Saltaba de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el niño andante,
y el sol, mi escudero.)

Todo el cielo era de añil;
Toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuánto me pesa el sol!
¡Oh cuánto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!

Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.-
Cada ventana era sol,
cada cuarto era ventanas.

Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.

Y a mí el sol me desvestía,
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
-¡Ya llevas sol para rato!-
Es tesoro – y no se acaba:
no se acaba – y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
Que ya tanto sol me cansa.-
Yo no conocí en mi infancia
Sombra, sino resolana.

Alfonso Reyes