miércoles, 1 de diciembre de 2010

Ajedrez

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?


J.L. Borges

jueves, 21 de octubre de 2010

Carta a un corazón soñado

Ayer soñé con vos. No me acuerdo donde empezaba, ya que los sueños quizás sean como el amor, no tienen comienzo, solo suceden. Estabas triste por algo, no se bien el motivo, pero se notaba en tus gestos, en tu rostro. Esos ojos oscuros no me dejan en paz un segundo, ni siquiera cuando duermo. Estabas tan apenada y no saber porque me duele más de lo debido. Sospecho que era por amor, de otra manera no se explica esa mirada tan débil, tan desinteresada en tu alrededor. Espero que no te hayan lastimado, a la larga uno siempre aprende que el fuego no solo ilumina, sino que también quema. No por eso vamos a dejar de lastimarnos una y otra vez, a acobardarnos, a escondernos de las heridas; ese tipo de quemaduras algún día cicatrizan.
Estabas mucho mas grande, no se cuanto mas, los años no pasan solos. Mi inconsciente te recuerda en cada detalle. En un momento estábamos en el subte, vos estabas sentada frente mío, situada hacia la izquierda, de repente te miré y te dije que estabas mas hermosa que nunca, te sonreíste y me contestaste algo, no me acuerdo bien, creo que fue un cumplido. En el subte había mas personas, pero solo estabas vos, como si sobresalieras del resto o si te encontraras en otra dimensión, en otro plano. No consigo rescatar nada mas de ayer a la noche, exceptuando lo agitado que desperté. Ah, si, recuerdo que vestías una remera roja, eso es todo lo que se de vos en esta conjugación verbal que camino. Solo espero que no te hayan hecho mucho daño, y que cuando necesites alguna otra cosa o alguien con quien hablar me busques en los sueños que te voy a saber encontrar.


Facundo Joel

sábado, 2 de octubre de 2010

Algunas líneas para Victor

Víctor no sabe que hacer. Va de un lugar a otro, se desenvuelve palabra a palabra. Víctor es personaje de una novela. De una novela mal escrita, bastante desprolija. Es un hombre joven, observado desde la naturaleza, pero considerado en sentido opuesto por la sociedad. ¿Que angustias se cruzan por quien crea personajes de tal naturaleza, para dejarlos abandonados en unos cuantos papeles, sin echarles una mano, sin dedicarles nunca mas un verso?. Desahuciado es la palabra adecuada para describir a Víctor. Quedó atascado en una secuencia ininterrumpida, en la búsqueda de alguna mujer, esperando las campanadas del destino, el grito desahogado del amante, que debería llegar en el anteúltimo capitulo, en la pagina 126. La novela no era tan mala, hay que admitirlo, por alguna razón el autor ha sido motivado a escabullirse en el arte de componer. No hay derecho a dar a luz un universo para después abandonarlo sin justificativo.
Víctor se despierta todos los días en la misma página, se despereza, se mira al espejo, se mancha el pijama con pasta dental y teme que se amarillenten sus páginas sin llegar al último capítulo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

lo fatal

DICHOSO el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

Rubén Darío

sábado, 11 de septiembre de 2010

La tragedia de un hombre honrado

Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.

A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...

Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso! Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.

Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.
Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...

Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su desgracia.

No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.

También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques. ¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!

A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en Trotzky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen revolucionario le dijera:

-Todo su dinero es papel mojado.


Roberto Arlt

jueves, 19 de agosto de 2010

Inspiración

La inspiración dura un suspiro,
como el beso de una mujer.
Irrumpe en el ocaso y escapa sin despedirse

Cuando menos preparado te sientes,
la inspiración encuentra terreno fértil

Ataca como una risa y se desprende como la brisa

Nada puedes hacer para detenerlo, es inútil
déjala ir y aférrate a sus residuos, puede que de algo sirva

De tu suerte depende tener a tu alcance lapiz y papel,
nunca sabes cuando te va a sorprender el mejor destello

Repentinamente cae como un rayo,
Te apresuras, te esmeras por encontrar algún método, un mecanismo,
pero ya nada puedes hacer, la inspiración no tiene dueño.

Facundo Joel

miércoles, 11 de agosto de 2010

El remordimiento


He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.


Jorge Luis Borges